A un chico se le había metido en la cabeza hacer fortuna. Se despidió de su madre y se fue a la ciudad a buscar trabajo. En aquella ciudad había un rey que tenía cien ovejas y nadie quería trabajar de pastor con él. El chico fue. El rey le dijo:
- Mira, ahí tienes las cien ovejas. Llévalas mañana a pastar a aquel prado, pero no al otro lado del arroyo porque hay una serpiente que se las come. Si me las traes todas a casa te daré una propina, y si no, te despido al momento, si es que antes no te ha comido la serpiente.
Para ir hacia aquel prado había que pasar bajo las ventanas del rey, y su hija estaba asomada. Vio al chico, le gustó y le tiró una hogaza. El pastor cogió la hogaza al vuelo y se la llevó para comerla en el prado. Cuando estuvo en el prado, vio una piedra blanca en medio de la hierba y se dijo: "Me sentaré allí a comer la hogaza de la hija del rey". Pero la piedra estaba al otro lado del arroyo. El pastor no se fijó, saltó el arroyo y las ovejas fueron tras él.
La hierba estaba alta, las ovejas pacían tan tranquilas (es mejor la hierba del lugar prohibido; hay cuentos donde existe la misma prohibición de no pasar a un lugar, y en el sitio vetado sí hay alimento) y él, sentado en la piedra, comía la hogaza. De repente oyó un golpe bajo la piedra que parecía que se hundía el mundo. El chico miró a su alrededor, no vio nada, y siguió comiendo la hogaza. Bajo la piedra se oyó un golpe aún más fuerte, pero el pastor hizo como si nada. Se oyó un tercer golpe, y de debajo de la piedra salió una serpiente de tres cabezas; en cada boca llevaba una rosa y avanzaba hacia el chico como si quisiera ofrecerle las rosas. El chico estaba a punto de coger las rosas cuando la serpiente se abalanzó sobre él con las tres bocas abiertas, como para engullirlo de una sola vez, en tres bocados. Pero el pastorcillo, más rápido que ella, con el bastón que llevaba en la mano le dio un golpe en la cabeza, un golpe en la otra, otro golpe en la tercera, y tantos palos le dio que la mató.
Después le cortó las tres cabezas con el hocino (instrumento de hierro que se usa para cortar leña); dos se las guardó en la cazadora y aplastó la tercera para ver qué había dentro. Dentro había una llave de cristal; el chico levantó la piedra y encontró una puerta on un agujero de cerradura, metió la llave de cristal y abrió. Se encontró en un magnífico palacio todo de cristal. Por todas las puertas salían servidores de cristal:
— Buenos días, señor amo. ¿Qué nos manda?
— Os mando que me llevéis a ver todos mis tesoros.
Y ellos lo guiaron por las esclaeras de cristal y las torres de cristal, y le enseñaron cuadras de cristal con caballos de cristal, y armas de cristal y armaduras todas de cristal. Y después lo llevaron a un jardín de cristal con avenidas de árboles de cristal en los que cantaban pájaros de cristal, y parterres donde brotaban flores de cristal en torno a laguitos de cristal. El chico cogió un ramillete de flores de cristal y se lo puso en el sombrero. Por la tarde, cuando regresaba con las ovejas, la hija del rey, que estaba asomada a la ventana, le dijo:
— ¿Me das esas flores que llevas en el sombrero?
— Claro que te las doy —dijo el pastor—. Son flores de cristal, cogidas en el jardín de cristal de mi catillo de cristal.
Y le tiró las flores y ella las cogió al vuelo.
Al día siguiente volvió a la piedra y aplastó otra cabeza de serpiente. Había una llave de plata. Levantó la piedra, metió la llave de plata en la cerradura y entró en un palacio todo de plata, y acudieron servidores todos de plata, diciendo:
— ¡Mándenos, señor amo!
Y lo llevaron a ver cocinas de plata, en la que pollos de plata hervían en fuegos de plata, y jardines de plata donde pavos reales de plata hacían la rueda. El chico cogió un ramillete de flores de plata y se lo puso en el sombrero. Y después por la tarde se lo dio a la hija del rey, que se lo pidió.
Al tercer día aplastó la tercera cabeza y encontró una llave de oro. Metió la llave en la cerradura y entró en un palacio de oro, y los servidores a sus órdenes eran también de oro desde la peluca hasta las botas, y las camas eran de oro con las sábanas de oro y la almohada de oro y el dosel de oro, y en las pajareras volaban pájaros de oro. En un jardín de parterres de oro y de fuentes con surtidors de oro cogió un ramillete de flores de oro para ponerle al sombrero, y por la tarde se lo dio a la hija del rey.
Ocurrió que el rey echó un bando para un torneo, y quien ganara el torneo tendría la mano de su hija. El pastor abrió la puerta con la llave de critsal, bajó al palacio de cristal y cogió un caballo de cristal con riendas y silla de cristal, y así se presentó en el torneo, con una armadura de cristal y escudo y lanza de cristal Venció a todos los demás caballeros y escapó sin ser reconocido.
Al día siguiente volvió con un caballo de plata con gualdrapas de plata y su armadura era de plata, y su lanza y su scudo de plata. Venció a todos y escapó sin que lo conociesen. Al tercer día volvió con un caballo de oro, todo armado de oro. Venció también esta tercera vez y la princesa dijo:
— Yo sé quién es: es un joven que me ha regalado flores de cristal, de plata y de oro, de los jardines de sus catillos de cristal, de plata y de oro.
Y entonces se casaron y el pastorcillo se convirtió en rey.
Y todos vivieron alegres y contentos
sin darme nada a mí, que ahora lo cuento.1