jueves, 4 de marzo de 2010

Metáforas de comunicación

Edwin Licona

En La comunicación, Lucien Sfez nos ofrece tres paradigmas distintos que explican la comunicación. Valiéndose del recurso retórico de la metáfora, el autor esboza una tríada de perspectivas que intenta contener a ese complejo proceso que transmite (en un caso), que pone en común (en otro), o que confunde (en un tercero).

Antes de entrar de lleno en la primera metáfora, la de la representación, aclaremos que el concepto “paradigma” se refiere a un modo de concebir el mundo, algo que nos proporciona una guía de acción e interpretación acerca de los que nos rodea.

La primera metáfora descansa en los hombros de René Descartes, quien propone una separación entre el individuo y la realidad, según la cual aquél debe “salir” al encuentro de ésta para conocerla e intentar apoderarse de ella.

Desde la perspectiva de la representación, el emisor tiene una importancia de extrema superioridad sobre los otros elementos de la comunicación. Es él quien debe entrar en contacto con la realidad, el que debe elegir el código adecuado, el canal más eficaz y la mejor forma para evitar el posible ruido.

El emisor resulta ser el portavoz del mundo objetivo (la realidad pura), el canal es la vía y el contenedor del mensaje y el receptor es el que se representa al mundo objetivo a través de la interpretación del mensaje. Sin embargo, y a pesar de esa labor de interpretación, el receptor es considerado como un elemento pasivo, estático, que sólo espera para descifrar un mensaje, mientras que el emisor se encarga del “trabajo sucio y agotador”.

Señalemos que en esta metáfora los elementos del proceso comunicativo están bien diferenciados y separados uno de otro. Además, la línea recta se adueña de la estructura de este modelo y una concepción mecanicista reina sobre él (como si se tratara de armar automóviles).

Por otro lado, el dualismo también está presente en esa relación activo-pasivo que existe entre emisor y receptor, respectivamente. Son dos seres que están alejados el uno del otro, y que entran en contacto sólo cuando el emisor pretende iniciar el juego comunicativo.

La realidad se presenta como un objeto que está fuera del individuo para ser poseída por él, considerada como la víctima de un ser omnipotente que inicia un proceso a plena voluntad.

Desde tiempo atrás, esta concepción telegráfica, lineal, mecánica de la comunicación ha estado presente: de Aristóteles (¿Quién dice?-¿Qué dice?-¿A quién se lo dice?) a Laswell (¿Quién dice qué-a quién-a través de qué canal-con qué efectos?), la metáfora de la representación se cumple cabalmente. Cambia solamente la extensión de la línea; elementos como el canal, los efectos y las intenciones se han adherido conforme aparecieron las vías y los medios de comunicación, los estudios en lingüística, etc.

El mundo es visto como algo externo al hombre. El hombre se ve como el poseedor de las técnicas para dominarlo. La técnica es sólo la herramienta para aprehender esa realidad externa. El receptor es un elemento pasivo, la representación opera cuando ese receptor puede asimilar una realidad de la que no es testigo de primera mano.

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La segunda metáfora que propone Lucien Sfez es la de la expresión. En esta Descartes es superado por Spinoza: el mundo ya no está afuera del individuo, el mundo y el individuo son uno, uno está dentro del otro; “expreso el mundo que me expresa”.

Del mismo modo, la linealidad es desplazada por algo semejante a la circularidad; el modelo telegráfico deja su lugar a la orquesta (que implica participar: todos estamos dentro de un sistema que se nutre de nuestra interacción y nuestra constante “rotación” de roles). El rol en esta metáfora (tan marcado y definido en la anterior) se desvanece y se convierte en una sombra que pasa de un individuo a otro de manera constante e infinita. No es sencillo determinar quién emite y quién recibe.

El concepto de sistema se eleva en esta metáfora como algo fundamental. Cada individuo forma parte de un (o varios) sistema(s) en los cuales participa de múltiples formas para que a través de la interacción dinámica se conforme un organismo que sea capaz de procesar al interior de sí mismo los estímulos que provienen de otros sistemas.

Autopoyesis es el término adecuado para explicar lo anterior; y esa capacidad de interpretar y adecuarse a los estímulos emitidos por otros sistemas es apreciable a varios niveles (todos los tipos de comunicación).

En esta metáfora la primacía ya no la tiene el emisor, cuyo papel se degrada ante la posibilidad de emisiones inconscientes que no cuidan para nada los canales, los códigos o los ruidos. El receptor se vuelve la estrella por el poder de dar sentido al mensaje.

El canal también pierde importancia pues la multiplicidad de vías comunicativas hace que el mensaje viaje de forma simultánea por diferentes rutas, lo que genera una red de transmisiones y una multiplicidad de posibles interpretaciones.

La comunicación como expresión centra su estudio en los mecanismos de recepción y en los contextos en que éstos se desarrollan. Debido a que toda comunicación se realiza en un contexto determinado (lo que hace única a cada una de las emisiones), esas circunstancias determinan (junto con otros factores) la interpretación.

Según este paradigma, hombre y mundo son uno. Uno es dentro del otro y viceversa. La técnica en esta ocasión es la que determina la relación que tiene el hombre con el mundo. Ya no es el medio para “abusar” del mundo; es la forma de construir una visión sobre él.

Líneas arriba se mencionó que el destinatario dota de sentido a los mensajes. Sin embargo, eso no significa que cada quien construya realidades diferentes (lo cual formará parte de la tercera metáfora); en realidad, es precisa la inserción de los sujetos en un sistema cultural y social que establezca los parámetros de interpretación; un acuerdo social que construya una realidad común. El hombre deja de ser omnipotente, de dominar al mundo para adaptarse a él.

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Llegamos ahora a la tercera metáfora: la comunicación como confusión. La que presenta redes laberínticas donde los mensajes se extravían; la que muestra un autismo comunicacional; la que desvanece la realidad en la ficción y muestra la ficción como realidad.

El tautismo es el estandarte de esta metáfora. Definido como la fusión de autismo y tautología (el primero la enfermedad de autoencierro y el segundo como la confusión de dos términos), es un término que explica una sociedad de individuos atomizados y sin la intención de interactuar. Los medios masivos ofrecen la única ventana al mundo que los autistas comunicacionales requieren.

Lo que se ve en televisión tiene que ser cierto, no hay lugar para la duda. Verlo por televisión ha de ser igual que estar en el lugar de los hechos. Se sufre igual, se siente igual, se percibe igual. La realidad se ve fragmentada para que pueda caber en pedazos a través de la pantalla del televisor, la computadora, etc. Desaparece la distancia entre el espectador y los hechos televisados. Con el simple hecho de mirar somos parte de los sucesos, de los procesos y las acciones.

La cerrazón que se presenta en el individuo autista genera dos problemas: la ruptura de lazos con el exterior (un exterior que para el individuo es lejano y repulsivo) y la gestación de una realidad alterna y personal en el interior del organismo.

En esta metáfora nos vemos rodeados de una infinita cantidad de mensajes y canales sin emisores claros, y ni siquiera borrosos, que nos lleva a un aislamiento como el de quien escapa de una sala donde todos gritan simultáneamente.

Si bien en la metáfora anterior individuo y mundo son uno, aquí uno está fundido en el otro. No hay diferenciación. Todo se confunde: realidad y ficción, adentro y afuera, emisor y receptor… nada es a menos de que cada uno dé su versión de la realidad. Como una psicosis. O peor.
Todas estas situaciones no se quedan en el individuo, también repercuten en las ciencias (cada vez mas especializadas y aisladas), en la percepción de las nuevas tecnologías, en la publicidad (primero fue vender un objeto, luego algo que complementaba al sujeto y luego una realidad para cada quien).

La paradoja y la simulación se adhieren a esta metáfora para complicarlo todo. La primera confunde con mensajes que se contradicen a sí mismos y la segunda con realidades que no pasan de ser copias poco fieles de la realidad objetiva (o la social).

Se confunde la expresión con la representación, y viceversa. Se cree que lo representado es la expresión directa de la realidad o que la expresión es una simple representación (una figuración).
En esta metáfora se cortan los lazos de interacción cuando el individuo se aísla frente a su televisor, se comunica con la computadora o se pierde en una inacabable red de mensajes por celular, mensajes que van de aquí para allá a velocidades increíbles y la saturación de los mismos inhibe la interpretación de los destinatarios.

Bibliografía
Sfez, Lucien. La comunicación. México. Publicaciones Cruz O. 1992.

3 comentarios:

  1. Me parece una explicación más sencilla que la del texto de Lucien Sfez, además que nos ayuda a comprender el texto del antes mencionado. Juan Pablo Fabián Lozano.

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  2. Esa es la idea, recuperar la esencia del texto: ¿Qué es comunicación?, siempre que éste se haya leído directamente.
    Saludos, Juan Pablo.

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  3. sí, me parece, mejor dicho, sintetiza la información. Me sirvió y reforzó mucho. Gracias

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