miércoles, 21 de abril de 2010

No ficción como novela

POST ACTUALIZADO 29 de abril de 2010
De A sangre fría hasta Felices como asesinos, con La canción del verdugo incluida va la siguiente revisión sobre novela realista, tomada del post publicado por Felipe Correa en "Revista de libros" de El Mercurio.com.

Sábado 24 de Noviembre de 2001

Criminales
En letra de molde

Espeluznantes páginas literarias han inmortalizado numerosos casos policiales tanto en el pasado como en la actualidad.
FELIPE CORREA
No se borran fácilmente de la memoria social. El temor que engendran se adhiere a nuestro inconsciente y cada cierto tiempo reaparecen para demostrarnos que los sistemas de seguridad no son siempre tan eficaces como se espera. Últimamente se ha hablado con frecuencia de "asesino en serie". Robert Ressler, criminólogo del FBI, acuñó este término para hablar del fenómeno de violencia interpersonal surgido de la "creciente complejidad de nuestra sociedad y de la enajenación del ser humano como individuo".
Aunque quizás no haya estado dentro de los planes de sus autores, hay que reconocer que hay libros que han ayudado a inmortalizar a este tipo de asesinos. El verdadero barba azul de Bataille, por ejemplo, o La condesa sangrienta de Valentine Penrose son novelas con contenido biográfico que nutren la leyenda de esta clase de célebres personajes.
Ambrose Bierce escribió sobre las sombras que lo persiguieron desde niño y, en este sentido, se puede decir que desarrolló una narrativa criminal como argumento de su propia experiencia. En su prosa el crimen es parte de lo cotidiano. Sus personajes observan cómo el mundo se precipita sobre ellos. Bierce vio a los cinco años cómo su padre se ahorcaba, cómo más tarde su madre lo abandonó a él y a sus ocho hermanos. Su mujer lo dejó, uno de sus hijos murió por sobredosis de cocaína y el otro en una pelea callejera. Su literatura fue una especie de mecanismo sublimatorio. En el cuento Mi crimen favorito comienza así: "Después de haber asesinado a mi padre en circunstancias singularmente atroces, fui arrestado y enjuiciado en un proceso que duró siete años. Al exhortar al jurado, el juez de la Corte de Absoluciones señaló que el mío era uno de los más espantosos crímenes que había tenido que juzgar".
A sangre fría de Truman Capote dio un importante impulso a la literatura sobre criminales, inaugurando lo que se llamó la novela de no ficción. Dos ex convictos entraban en 1959 a una granja de Kansas y mataban a una familia entera para conseguir menos de cien dólares. Seis años más tarde, Capote estructuró su novela basándose en una vasta cantidad de testimonios directos. El nivel de compromiso del periodista con la investigación lo llevó incluso a mezclarse sentimentalmente con Perry Smith, uno de los victimarios, situación que se conoció en una entrevista años más tarde. A sangre fría es un intento por comprender los complicados intersticios de la mente de un psicópata y por darle a la literatura de crímenes una destacada ubicación en la cultura de masas.
Norman Mailer recogió esta fórmula en los setenta y la empleó para introducirse en los últimos momentos de la vida de Gary Gilmore. Lo acompañó en la angustiosa espera de su ejecución y le prometió una historia que permanecería en el tiempo. La canción del verdugo se llamó esta novela por la que obtuvo un Pulitzer. Aquí se hacen presentes nuevos elementos que regeneran la discusión sobre la pena de muerte, como el rol de los medios de comunicación empeñados en convertir a Gilmore en una figura, la intolerancia de ciertos sectores de la sociedad y los psicólogos progresistas que buscan la redención del criminal, poniendo de relieve la injusticia social que le tocó vivir. Paralelamente, Michael Gilmore, periodista y hermano del "asesino en masa de Utah", escribió Un disparo en el corazón, su propia visión más cruda y desgarrada del caso en donde incluye aleatoriamente desde ritos mormones hasta fantasmas indios.
En la misma línea, y llevando el género a sus límites, encontramos dos novelas que son equivalentes por el tratamiento ultrarrealista de los hechos: Felices como asesinos de Gordon Burn y La compañía de los muertos de Brian Masters. Ambas suceden en Londres. La primera revisa la monstruosa historia de Fred West y su "casa de los horrores" de Cromwell Street, en la que consagraba su tiempo a torturar, matar, violar y descuartizar a sus víctimas, realizando retorcidas ceremonias. El valor de esta "novela real" radica en su estructura, planteada como uno más de los ocho cadáveres despedazados que salen descritos. Burn viaja por las macabras irracionalidades del albañil y su mujer. En un tono menos destemplado, Martín Amis en Experiencia narra lo que constituyó la muerte de su prima Lucy Partington en manos del matrimonio West. En la novela de Masters, por otra parte, nos encontramos con los quince jóvenes homosexuales asesinados por Dennis Nielsen que pudieron ser identificados posteriormente por los restos orgánicos que taparon las cañerías de una casa. Nielsen cuenta en el libro: "Cuando abrí el armario me cayeron encima dos piernas desnudas y aterricé de golpe en la realidad de mi situación".
"La venganza, la expresión del poder y el dominio sobre otro están presentes en esas matanzas, donde también aparece la necesidad de humillar sexualmente a la víctima, de degradarla y colocar su valor por debajo del de un objeto inanimado", dice Ressler. Para llegar a esta caracterización este agente del FBI tuvo que disponer de un amplio material bibliográfico acerca de Jack el Destripador, el "Vampiro de Dusseldorf" y Vincent Versen, entre otros. Es probable que si esta literatura no existiese, la criminología no utilizaría la esclarecedora perspectiva psicológica de esta clase de psicópatas para prevenir su aparición y detener su avance.

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Agradezco todos los esfuerzos que realizaron para encontrar el texto de Vila-Matas sobre la trama desestructurada de la novela de Gordon Burn. Gracias a ustedes dejé de ser víctima del tautismo y volví a mi segunda metáfora para recordar que incluso los silencios comunican. Les hice la primera parte de la tarea, les toca completarla y, para ello, va el texto



A propósito de Felices como asesinos
Enrique Vila-Matas.

Quien escribe relatos abre una habitación nueva en la casa de su vida, pero esta literaria frase nada tiene que ver con la monstruosidad del señor Fred West, propietario de la célebre "casa de los horrores" de la ciudad de Gloucester, un amante del bricolaje y albañil de profesión que iba agregando habitaciones empalizadas y puertas que deseaba infranqueables a la casa de su vida, que era la casa de la muerte.
Habría sido mejor que él y su loca y ninfómana mujer (a la que a veces veía como a una vaca) hubieran escrito relatos. En lugar de esto, los señores West dedicaban el tiempo libre a torturar, violar, matar y descuartizar con un ritual perverso: decapitación, desgajamiento de las piernas a la altura de las caderas, sustracción de las rótulas y varios dedos de las manos y de los pies, excavación de pozos estrechos en el jardín de los horrores o apertura de nuevas habitaciones empalizadas. En total, ocho jóvenes descuartizadas y enterradas en esa casa de la muerte que se iba ampliando, no precisamente gracias a la literatura, aunque ahora ésta, de la mano del minucioso y extraordinario relato o "novela real" de Gordon Burn (Newcastle, 1948) se ocupa a fondo del terrorífico asunto, hoy tan sólo opacado en el Reino Unido por la envergadura escalofriante del caso del Doctor Muerte. El corazón de las tinieblas hoy día no está en África ("¡ah, el horror! ¡El horror!"), sino en el corazón mismo de Inglaterra.
En la línea de novelas sobre la realidad trágica, Felices como asesinos convierte en dulces pastelitos lights a los antecedentes más ilustres del género: A sangre fría y Ataúdes tallados a mano, de Truman Capote, por ejemplo. La estructura del libro de Burn es uno de sus grandes aciertos. Deliberadamente tan caótica como "la casa de los horrores", la estructura parece un esqueleto mutilado. El autor descuartiza el cuerpo de su propio texto y, sin ser Sade Burn está siempre ausente o encubierto; es totalmente objetivo y, por tanto, cruelísimo , pero con un ritmo heredado de éste, revienta cualquier dulce óptica o corriente de aire libre con unas tijeras que desmembran la estructura cronológica del relato. Remedando la descosida conducta del señor y de la señora West, lo ve Gordon Burn todo a trozos, descorporeizado, fragmentado por el deporte de mutilar, hasta el punto extremo de que los cabos sueltos que siempre quedan por atar en cualquier relato acaban pareciéndonos en este libro rótulas y dedos de los pies y de las manos.
La danza de la muerte de esa familia modelo del 25 de Cromwell Street de la ciudad de Gloucester guarda un cierto parentesco con Los mutilados, una lamentablemente olvidada novela de Hermann Ungar, escrita en los años veinte. Pero lo que en ésta era una alegoría y previsión del horror por venir ("una vez perturbado el orden, el caos era inevitable. En la casa estaba la muerte, esperando"), en Felices como asesinos es pura y dura transcripción de la realidad.
Esa realidad terrorífica recuerda también a un dibujo de Grosz, Sólo media libra, de 1928. Así lo entiende Burn cuando cita en su novela a ese dibujo que representa a una carnicería "auténtica", especializada en destazar y vender cadáveres femeninos: "Una hausfrau compra carne a un carnicero que tiene cadáveres humanos colgados a sus espaldas: cuerpos desmembrados y cuchillos. Los cuerpos femeninos expuestos como simples víctimas, a la vez carne y carnaza, a la que se ha dado muerte y se exhibe ante los compradores".
Burn nos dice que la capacidad de percibir sujetos como meros objetos, de convertir a la gente en cosas, era algo que Fred West poseía hasta un grado criminal. El amante del bricolaje, el señor de los horrores, era incapaz de entender la diferencia entre matar un animal de granja y matar a un ser humano. De hecho, a veces veía en su ninfómana y loca mujer a una vaca. Al señor West le gustaba mucho trabajar, hacer y construir. Era un albañil modelo, un activo representante del lumpenproletariado británico de nuestros días. En realidad, para él trabajar y hacer cosas eran actividades que siempre tuvieron más significado que deshacer a una persona, lo que no quita que descuartizara por razones compulsivas, por el placer que hacerlo le proporcionaba, sentía al mutilar una gran excitación y placer.
Era "un padre con trabajo regular y entregado a la mejora de su hogar" que tenía en su adorable casa un sótano su impenetrable castillo sadiano contaba con un terrorífico sótano más negro que la peor de las reputaciones del Imperio británico, lo que ya es decir. Ese sótano era su inconsciente, piensa Burn. Al señor West le obsesionaba el sexo, le encantaba el trabajo, le fascinaban los agujeros, le entusiasmaba horadar, sexo y trabajo, trabajo y sexo. Las herramientas y materiales de construcción que la policía requisó en su casa rellenarían docenas de páginas de inventarios y varias furgonetas. Tenía el señor West tanta pasión por horadar y mutilar como por todo tipo de llaves grasientas, boquillas de soplete, empalmes de cobre, lijadores y brocas y rótulas y dedos de los pies y de las manos.
Un trabajador nato a cuyo inconsciente baja Burn en busca de lo irracional, en busca de los subsuelos de la realidad real de ese perturbado albañil con ojos de carroñero que hasta para suicidarse en la cárcel trabajó más de lo que demandaba la laboriosa preparación de su muerte por mano o cuerda propia. La novela ultrarrealista de Burn, que entronca con otras de este arriesgado estilo que se publican actualmente en la Europa de las vacas locas recordemos, por ejemplo, El adversario, de Emmanuel Carrère , es la mejor de este género que he leído en mucho tiempo. Y, todo hay que decirlo, recorrerla hasta el final resulta una experiencia atroz. Es tan detallista en el horror del corazón de nuestras tinieblas que llega a ser muy asfixiante, al final uno tiene ganas de abrir una ventana para que pase el aire o de escribir un relato y así abrir una habitación nueva en casa. Al final, uno se siente mutilado y presiente que vive enterrado, y comprende que también su casa, como diría Conrad, ha sido uno de los lugares oscuros de la tierra.

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Y para leer sobre procesos de construcción de sentido y los lectores activos, recomiendo: http://www.enriquevilamatas.com/, en especial "Intertextualidad y metaliteratura".


Ix.

2 comentarios:

  1. La novela de no ficción es un género que en lo personal no es de mi total agrado, puesto que se trata de la reconstrucción, la mayoría de las veces, de situaciones atroces como lo son los asesinatos.
    Considero que esta bien que se aborden diversas temáticas, pero en este sentido se podría cuestionar hasta que punto estas recosntrucciones son reales si se trata de una representación¿?
    Además las novelas realistas son realizadas para dar a conocer, socializar, una determinada realidad, o sólo son un producto más, es decir, una mercancía dentro del modo de producción capitalista¿?

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  2. Mientras discutiamos sobre la naturaleza de la novela realista encontramos que en ésta el sujeto es concebido como objeto de movimiento, de representación de un aspecto social, que no necesariamente nace de UNA historia de vida tal cual.
    Sin embargo, es posible abstraer una historia de la realidad a partir de diversos hechos sociales.
    Ahí está el caso de Janet Cooke, quien ganó el Pulitzer con su artículo Jimmy's World, donde retrata la vida de un niño adicto a la heroína. Días después, Janet confesó haber creado la historia a partir de la investigación de diversos casos similares. Jimmy no existe en nuestra realidad, pero Janet representó ese hecho social al reunir en Jimmy características de la situación.
    A pesar de haber denunciado una de las múltiples problemáticas sociales, Janet Cooke pagó esta osadia con el premio y su carrera.
    Así concluimos, que no se puede invalidar un relato por su carácter ficticio o no ficticio.

    Celeste y Rodrigo

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